
Recientemente me sientó un poco excluido por mis mejores amigos. El motivo, es que ellos decidieron formar una banda - de la cual campalmente me excluyeron, muchas gracias, la intención es lo que cuenta – y mientras hablan de canciones, grupos o acordes, yo estoy muy feliz en mi pequeño mundo haciendo mi mejor esfuerzo por ignorarlos. Pero no es por celos o por que los odie – los odio, pero no por eso los ignoro- sino porque mi vida, en especial mi adolescencia, me dejó con una cicatriz difícil de sanar: una aversión casi natural hacia las bandas caseras.
Y es inevitable, que en ese horrible transcurso que es la pubertad, la idea armar un grupo no se pase por la acalorada (y llena de pornografía) mente adolecente. Por supuesto yo no fui la excepción.
Todo comenzó en una de esas fiestas de 16 o 15 años, en las que la mezcla de alcohol (mientras más barato mejor), rock (a esa edad la “única música de verdad”) y el clásico amigo con complejo de hippie en rehabilitación, conllevó inevitablemente a la siguiente frase:
- Oigan, ¿Por qué no formamos una banda?
Claro, en ese momento la idea sonó como toda una revelación. Éramos unos genios innovadores que se atrevían a desafiar el mundo con su música. La verdad… solo un grupo de borrachos que habían llegado a la conclusión de que la mejor forma de atraer chicas era con una guitarra y pantalones entubados. Para que decir mentiras, nuestros corazones no eran los que querían rockear, eran nuestros testículos…
Próximamente segunda parte
Atte.: Gurú sarcástico


